martes, 25 de mayo de 2010

curiosidad


Al hablar de personas que han hecho grandes aportaciones a la ciencia y al conocimiento, podemos pensar en científicos como Einstein, Galileo, Newton, y muchos más, del que hoy toca hablar aquí es de Darwin, un naturalista que fue capaz de modificar la creencia sobre el origen de las especies, hasta antes de la publicación de El origen de las especies, se creía que el ser humano provenía de un origen divino, creado de manera apartada del resto de los seres vivos, tal como dice la Biblia. Sin duda, la publicación del libro de Darwin dio un vuelco a la manera de pensar del siglo XIX, y abrió un campo hasta ese momento ligeramente explorado, la evolución. Darwin aparte de escribir El origen de las especies, El origen del hombre y otros textos sobre evolución, también escribió memorias y relatos de su vida, lo que ayuda a entender un poco más acerca de su vida y su quehacer. En estas memorias, Darwin se describe como pocas personas se atreverían a hacerlo, nos muestra la parte humana del naturalista, quizá, alejada de sus investigaciones, lo que la gente común hace, como comer, dormir, imaginar, ser curioso e incluso engañar. Y es que en cualquier momento en cualquier lugar, nos hacen falta personas como Darwin, hablando principalmente de la ciencia, en un país como México, nos hace falta que cada vez más personas se interesen por la ciencia, que vean la vida a través de la ciencia. A continuación un fragmento del libro Por qué no tenemos ciencia de Marcelino Cereijido; Sobre cómo truncar a nuestros investigadores incluso desde antes que decidan serlo.

Los mamíferos son muy exploradores, en particular los más jóvenes. Necesitan ir a recoger información sobre la realidad en que luego deberán vivir, sobrevivir, hacerse un lugar y reproducirse. Con el ser humano, la curiosidad infantil se fortifica y extiende hasta los años maduros, y con los investigadores se instrumenta de una manera sistemática y se profesionaliza. La información recogida no se reduce a la captada conscientemente ni mucho menos a la medible cuantitativamente, sino que incluye datos surgidos de olores, tibiezas, humedades, sabores que se incorporan sin previa explicación, que son provocados por feromonas y coscorrones y por supuesto, la que surge de las emociones asociadas. Luego pintar, esculpir, dibujar, hace música, cantar, bailar, jugar, practicar deportes, escribir literatura, bromear, son formas de explorar y experimentar que forman parte esencial de investigar y hacer ciencia.
Los modelos de la realidad que un individuo elabora parecen atravesar una primera etapa en la que se modela a sí mismo y al entorno (evalúa que se puede y que le conviene hacer); una segunda en la que aprende a entender los modelos ajenos (por qué el otro actúa así); y una tercera en la que es capaz de engañar, es decir, saber qué señales debe emitir para que el otro se forje (y sobre todo se maneje con) el modelo que a uno le conviene. La habilidad de engañar y de auto engañarse se adquiere alrededor de los 4 años de edad. En una investigación organizada por Bella DePaulo en la Universidad de Virginia, encontró que los adolescentes mienten en un 46% de las comunicaciones con sus madres y en un 77% con extraños (Kiernan, 1995). (Con todo, parece que las conclusiones dependen de que dichos jóvenes no le hayan mentido a la investigadora). Charles Darwin escribió para sus hijos recuerdos de su vida, en los que analiza algunos de sus rasgos personales y confiesa que en la escuela era muy dado a inventar historias falsas “para causar admiración”. Un “Dios te va a castigar” o una oportuna cachetada ayudan a prevenir que los niños se transformen en charles darwines.


Imagen: Darwin a los 7 años.